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Las periferias de las grandes ciudades suelen parecerse, presentar idéntico aspecto anónimo, lo mismo si se llega en coche que en tren o en avión. Es un peaje casi inevitable y al que resulta prácticamente imposible sustraerse.
Hasta las primeras décadas del siglo XIX, la capital italiana mostraba a primera vista al viajero la grandeza de los edificios supervivientes a siglos de destrucciones y decadencia. Contribuían a crear este efecto la gran campiña desierta y las zonas insalubres que la rodeaban, así como el trayecto por las vías consulares.
Todo ello, unido a la admiración por un paisaje urbano único en el mundo, dotaban de un ambiente mágico a la primera toma de contacto con la urbe, la capital del imperio más extenso y duradero de la historia. El cambio de los transportes y el desarrollo moderno de Roma impiden que el viajero del nuevo milenio tome contacto con la extraordinaria realidad cultural pasada y presente de Roma.
Misteriosa coherencia histórica
De todas maneras, sigue siendo algo excepcional, ya que no se pude dar un paso –incluso en zonas recién urbanizadas- sin ver indicios de la portentosa mezcla de edificios, culturas y tradiciones que hacen de la capital italiana algo único en el mundo.
Así ocurre al adentrarse por el casco histórico –el corazón de la ciudad moderna a todos los efectos-, a través de una sucesión sin solución de continuidad de monumentos antiguos, medievales y modernos, que forman un conjunto unitario con una antigüedad de casi tres mil años.
De hecho, Roma, al ser la única ciudad del mundo que ha permanecido casi 30 siglos sobre el mismo sitio, ensanchada sensiblemente sólo a partir del siglo XIX, ofrece una imagen unitaria, signo de continuidad y casi de una misteriosa coherencia.
Antiguos y nuevos accesos
Los puertos antiguos, cegados desde hace siglos, como es el caso de Fiumicino, acogen vuelos más potentes y veloces que los de las lentas naves mercantes. Las grandes termas coexisten con las estaciones de ferrocarril. Pero esta transformación no ha alterado en absoluto la vinculación de la ciudad con su historia, a la que podría decirse que tiene a retornar periódicamente en busca de motivos de nueva expansión.
En la transición de la Roma papal a la Roma capital se diseñó una gran vía para que los nuevos viajeros fuesen de Termini al centro, casi tan larga como el Corso que había conducido durante siglos hasta el centro a los turistas que solían entrar en roma por la puerta del Popolo.
Bien mirado, no es tan distinto el trayecto por autopista entre el aeropuerto y la capital, próximo a la antigua via Portuense y paralelo a la aún más antigua via Ostense. Ambas eran las vías de comunicación con los puertos y luego sirvieron de carreteras de entrada a la Ciudad Eterna.
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